¡A los ladrones!
En una pequeña casa en medio del campo vivía un joven
campesino llamado Porfirio, con la única compañía de un burro joven y fuerte
como él, que le servía de gran ayuda. La casa era vieja y destartalada, pero a
Porfirio le gustaba vivir allí.
Un día tras levantarse, Porfirio salió de la casa.
De repente, vio que la puerta de la cuadra estaba abierta y
la barra de hierro con la que aseguraba el cerrojo estaba en el suelo.
Temiéndose lo peor, asomó la cabeza... ¡El burro había desaparecido!
El pobre chico echó a correr hacia el pueblo y llamó agitado
a todas las puertas.
-¿Qué pasa, qué pasa? -preguntaban todos alarmados. -Me, me,
me... han robado el burro -atinó a contestar en medio de la agitación.
Cuando consiguieron tranquilizarle, algunas personas le
acompañaron a la casa.
Al llegar comprobaron lo que Porfirio les había contado. Uno
de los vecinos se fijó en la puerta de la cuadra:
-Con esta puerta tan vieja, ¡cómo no te iban a robar!
-exclamó.
-La barra de hierro está en el suelo junto a la entrada
-afirmó una mujer que tenía fama de observadora-. ¿No se te olvidaría ponerla?
-Yo lo que no entiendo es cómo no te despertaste -le dijo
otro-. Estoy seguro de que el ladrón tuvo que hacer algún ruido al sacar al
burro de la cuadra.
Y el vecino más anciano concluyó:
-Si es que ya lo decíamos todos en el pueblo: esta casa
estaba demasiado alejada... ¡Qué locura vivir aquí!
Porfirio los miraba sin poder dar crédito a lo que oía y no
aguantó más.
-Un momento, un momento -dijo interrumpiendo una nueva ronda
de comentarios-. Parece que la culpa de que me hayan robado el burro es mía. ¡Y
digo yo que algo habrán tenido que ver los ladrones...!
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